jueves, 3 de enero de 2013

2012

2012 se fue. Para no volver, como quien dice. Si algo tenemos seguro, al menos de momento, es el tiempo pasado puede ser mejor o peor, pero desde luego, no vuelve. 
2012 fue un año como otro cualquiera, con un día más y algún disgusto de menos, me gusta pensar. Fue el año en el que me dieron un Erasmus de diez meses en Holanda que rechacé por motivos que aún no tengo muy claro. Bueno, sí los tengo claros, pero no me gusta reconocer que hubo demasiados sentimientos metidos en esa decisión.
Fue el año con el cuatrimestre más  duro de la carrera, hasta el momento, con tardes eternos e idas y venidas de tuppers de casa a la universidad y de la universidad a casa. El año que, gracias a mi ritmo de vida, acabé aborreciendo las albóndigas, pero tuve quien me hizo fácil el trabajo.  

Fue el año de los Juegos Olímpicos, que en mi casa se viven con más ilusión que en la propia Villa. Fue el año que cumplí dos décadas de vida y la primera en la que tuve una fiesta y una tarta y amigos que de verdad merecían la pena para compartirla. 
Fue mi último año de educando como scout. El año que renové mi promesa, el año que me convertí en scouter, en Viejo Lobo y en Akela, todo en uno, cuando llevaba tres años con aspiraciones de Raksha - y aún se me queda grande ser 'jefa' de esta Manada tan increíble que tengo. 


Fue el año de mi cuarto aniversario con la persona más maravillosa que hay en el mundo. El año en el que casi lo perdimos todo y el año en el que fuimos más felices. Al menos, lo fue para mí. A él le debo muchas cosas, el valor, el escultismo, la felicidad, la confianza, y otras tantas que aún necesito muchos años para devolvérselo todo. 
2012 fue el año en el que terminé por fin el libro que durante tanto tiempo he estado escribiendo, releyendo, corrigiendo y casi suicidándome los días de sequía creativa. El año que decidí por fin enseñárselo por completo a alguien, aunque sintiendo aún más vergüenza que orgullo.
Fue el año donde la familia adquirió un valor aún más especial sin que las desgracias tuvieran nada que ver. En el que los primos se convirtieron en amigos y envidia de familias que solo se hablan en Navidad. 

El año en el que me mudé a un piso con dos chicas maravillosas que convirtieron este rincón en un hogar dónde no extrañar nada y sentirte en familia. 

El año en el que, contra todo pronóstico, la relación con mis compañeros de la Residencia no desapareció, sino que se mantuvo y se hizo más fuerte. 
Y parece que eso fue todo, pero no fue nada. Supongo que es imposible sintetizar un año entero sin pecar de frivolidad. Pero bueno, lo hemos intentado.
¡Feliz 2013!

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